Terapias sanadoras

10 de julio de 2020

Hace un tiempo fui a la presentación de un libro de Gonzalo Giner, un prestigioso novelista y veterinario. Había comprado poco antes «El jinete del silencio» para regalarlo porque me lo recomendaron con creces pero, aunque leí la sinopsis, en ese momento no reparé en la trama.

La mente es selectiva y por eso, por ejemplo, nunca ves tantas mujeres embarazadas por la calle como cuando tú misma lo estás. Ella sabe llevarte directamente hacia aquello que te interesa o te preocupa.

Yo entonces no estaba especialmente sensibilizada hacia las dificultades que pueden aparecer en los procesos de la mente, que es uno de los ejes de la novela. Sin embargo, el año pasado sufrí durante meses un episodio de estrés crónico. Un estado que devasta tu psique, de puro agotamiento, hasta el punto de llegar a no reconocerte. Y desde entonces, sigo con preocupación la creciente prevalencia de casos en nuestra ocupada y bulliciosa sociedad.

Aun no he leído el libro de Gonzalo Giner, pero su presentación fue más que interesante. Nos vino a contar la historia de Yago, un niño con problemas (en su caso, por autismo), en la época del Renacimiento español. Incapaz de comunicarse con el mundo, pero dueño de un don único, puede captar la belleza de las cosas a través del tacto, y transmitir su riqueza interior a lomo de los caballos.

La novela descorre un velo sobre la gran labor que se está realizando con las personas autistas a través de la equinoterapia. El movimiento del trote a lomos de un caballo obliga a mantener el equilibrio sobre los tres ejes del cuerpo, lo que lleva a un estado de concentración que en su vida diaria les cuesta conseguir. Montar a caballo facilita la superación del temor, mejora la confianza y hace perder las tensiones e inhibiciones físicas y emocionales de estos seres tan frágiles.

La felicidad de lo sencillo

La clase médica afirma que el nivel de bienestar y de comunicación de las personas autistas aumenta después de un paseo a caballo bien dirigido por profesionales. No me extraña en absoluto: a mí hay pocas experiencias que me resuenen más que galopar entre árboles y helechos, fundiéndome con mi montura en cada recodo del camino. Ya de vuelta a las cuadras acaricio a la yegua, le froto la cabeza despacio y me hundo en la profundidad de su mirada noble. Y por un instante no existen las complicaciones a mi alrededor: sólo una primaria felicidad.

Por eso me pregunto si una vía para prevenir y suavizar la incidencia en nuestra sociedad de dificultades mentales que influyen en el razonamiento, el comportamiento y la facultad de reconocer la realidad, podría estar en volver al contacto con lo natural. Evadirnos cada vez que podamos de la tiranía del estrés y la contaminación electromagnética y buscar nuestro ocio en contacto con la tierra, el agua, la vegetación y los animales.

Porque la naturaleza nos trae de vuelta a los orígenes, haciéndonos recordar el verdadero orden del mundo.


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